Breve apunte de Emilia Pardo Bazán sobre la voz del narrador y de los personajes

El libro que estoy leyendo ahora, La dama joven y otros relatos, de Emilia Pardo Bazán, editado por Uve Books, incluye un prólogo muy jugoso de la propia autora en el que comenta algunos asuntos sobre el estilo narrativo. Pardo Bazán habla en concreto de la voz del narrador y la voz de los personajes, que pueden (y a veces deben) ser distintos, atendiendo a las necesidades de la narración.

Señalo en negritas las frases que considero más importantes.

[…] Juzgo imperdonable artificio en los escritores alterar o corregir las formas de la oración popular, entre las cuales y la idea que las dicta ha de existir sin remedio el nexo o vínculo misterioso que enlaza a todo pensamiento con su expresión hablada. Aun a costa de exponerme a que censores muy formales me imputen el estilo de mis héroes, insisto en no pulirlo ni arreglarlo, y en dejar a señoríos y curas de aldea, a mujeres del pueblo y amas de cría, que se produzcan como saben y pueden, cometiendo las faltas del lenguaje, barbarismos y provincialismos que gusten. Menos comprometido, pero menos honroso también, sería dictar a los párrocos de Boan y Nada, a las comadres de El indulto, periodos cervantescos y giros usuales en el centro de España, y jamás usados en este rincón del noroeste.

Mucho se ha debatido esta cuestión del estilo y forma, y tiene sus más y su menos, y a mí me da en qué pensar a veces. Suele acontecer que un estilo, por decirlo así, nielado y repujado; un estilo correcto, terso e intachable, lejos de ayudar a que el lector comprenda y vea patente lo que intenta mostrarle el autor, se interpone entre la realidad y la mirada como un paño de púrpura o un velo de gasa de oro (paños y velos al fin), y fatiga al espíritu ansioso de percibir lo que el rico tejido encubre. No es imposible que debajo de esas sedas y joyas retóricas que neciamente estimulamos, parezca ahogada una hermosura superior, invisible por culpa de tanto adorno. Y, no obstante, si van los autores al opuesto extremo de desdeñar el primero artístico en el desempeñó de sus obras, cayendo en cierta flojedad y perezoso desaliño, el lector de gusto delicado no goza ni distingue el libro del periódico, en cuanto a sabor literario.

Por donde yo me hago mi composición de lugar, y es como sigue: cuando habla el autor por cuenta propia, bien está que se muestre elegante, elocuente y, si cabe, perfecto: a cuyo fin debe enjuagarse a menudo la boca con el añejo y fragante vino de los clásicos, que remoza y fortifica el estilo; pero cuando haga hablar a sus personajes, o analice su función cerebral y traduzca sus pensamientos, respete la forma en que se producen, y no enmienden la plana a la vida. Este método mixto siguió Cervantes; en El Quijote se alternan trozos de prosa acicalada, culta entonces y ahora, con rústicas y soeces de fregonas, arrieros y villano.

Bajando de las alturas cervantinas a las pequeñeces de mi libro, digo que en apariencia le falta unidad, siendo heterogéneas y diversísimas en tamaño y asunto las partes que lo componen. Con todo, guardan entre sí estrecha conexión: su conjunto, mejor que ninguna de mis obras, revela mis variados gustos y aficiones, o copia lugares donde he vivido y escenas que he presenciado. Chico mérito es; sin embargo, hay quien lo aprecia, gustando de encontrar en los libros algo de la personalidad del autor […].

Emilia Pardo Bazán, La dama joven y otros relatos (Uve Books, 2021)

Esclavos de la historia (Relato de Francisco Rodríguez Criado)

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