Adverbios y locuciones adverbiales que no aportan nada

Muchos autores abusan en sus narraciones de adverbios y locuciones adverbiales como “luego”, “después”, “entonces”, “de repente”, “acto seguido”, etcétera. En algunos casos la escritura de estas palabras puede tener sentido, pero por lo general su carga informativa y estética es nula, esto es, no añaden información a la frase ni la embellecen. De hecho, salvo excepciones, las frases quedan más pulcras y coherentes sin dichas palabras.

Pondré tres ejemplos:

“La miró a los ojos y a continuación le dio un beso”.

“Tras un silencio tenso, de repente me dijo que necesitaba dinero”.

“Entonces, al salir del cine, decidimos marcharnos a casa”.

Digo que estas palabras no suelen aportar beneficios porque el orden cronológico lógico a la hora de narrar los hechos va desde el pasado hacia el presente. En el primer ejemplo se entiende que si [el personaje] la miró a los ojos y le dio un beso, se lo dio a continuación, no una semana después. Por otra parte, la mayoría de las situaciones —a no ser que las hayamos planeado—surgen de repente. De repente sorteamos un charco en un día de lluvia para no mancharnos. De repente pisamos una hoja de árbol. De repente nos atamos los cordones de los zapatos. De repente nos damos cuenta de que hemos dejado el paraguas en casa…

En conclusión: estas tres frases quedarían más limpias, sin perder nada de significado, si aplicáramos el lema de la Bauhaus “Menos es más”. Echemos, pues, mano de la podadora gramatical:

“La miró a los ojos y le dio un beso”.

“Tras un silencio tenso, me dijo que necesitaba dinero”.

“Al salir del cine, decidimos marcharnos a casa”.

Veamos otro ejemplo:

–Y por si no ha quedado claro –continuó luego el profesor–, estaré muy pendiente de que nadie copie durante el examen.

¿Continuó luego? ¿Acaso se puede continuar antes?

No hay nada más que decir, señoría.

Conclusión: No siempre están mal empleados estos adverbios y locuciones adverbiales, que, ojo, todos escribimos en alguna ocasión. Pero si no añaden nada a la oración, si son como maniquíes sin ropa, si son ceniceros baratos en una casa donde nadie fuma, es preferible no abusar de ellos. La sobreabundancia de estos tics lingüísticos acaba rebajando brillo a la prosa y distraen la atención del buen lector, reacio a las obviedades.

Francisco Rodríguez Criado es escritor, redactor de contenidos y corrector de estilo

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