50 microrrelatos cortos de autores que escriben en castellano

En mi blog Narrativa Breve, en el que vengo trabajando desde 2007, he creado una sección con 50 microrrelatos. Los he denominado “50 relatos cortos de una página”, evitando la palabra “microrrelato”, pues hay alguno que quizá sobrepase (por muy poco) la extensión máxima que solemos adjudicar a un texto literario de este género.

En cualquier caso, la inmensa mayoría de los textos quedan por debajo de esa página, y algunos incluso tienen apenas un par de párrafos, por lo que no tengo reparos en presentarlos y recomendarlos aquí como “microrrelatos” (o “minificciones”, “minirrelatos”, etc.). Ya sabéis que este tipo de narraciones recibe muchos nombres.

Todos ellos fueron escritos en castellano. Esto es: ninguno procede de una traducción.

Estos son los autores de esos 50 microrrelatos.

Hugo López Araiza Bravo, Ernesto Valdés O., Reinaldo Bernal Cárdenas, Jairo Aníbal Niño, Eladio Pascual Pedreño, Humberto Mata, Alfonso Reyes, Álvaro Mutis, Francisco Rodríguez Criado, José María Merino, Evelio Rosero, Adolfo Bioy Casares, Elena Casero, Juan Manuel Ramírez, Juan Manuel Ramírez Paredes, Antonio Toribios, Miguel Bravo Vadillo, Purificación López, [Pablo Albo, Pep Bruno y Félix Albo], Carlos Castán, Betancourt Lourdes, Pilar Galán, Dominique Vernay, Paz Monserrat Revillo, Chelo Sierra, Ramón Gómez de la Serna, Jorge Luis Borges, Guillermo Saccomanno, Soledad García Garrido, Julio Torri, Andrés Neuman, José Luis Garci, Hipólito G. Navarro, Margarita Posada, Gustavo Martín Garzo, Alejandro Bentivoglio, Alexis Ravelo, Eva Sánchez Palomo, Eduardo Solana Hernández, Elías Moro, Ángel Saiz Mora, Arturo Barea, David Lagmanovich, Fernando Iwasaki, Rossi Vas, Javier Santos Rodríguez, Gabriel de Biurrun, Ricardo Güiraldes, Manuel Pastrana Lozano, Alberto Fuguet.

Y, a modo de ejemplo, os dejo cinco de esos microrrelatos, aunque lo recomendable sería que le hicierais una visita a la página, para disfrutar la lectura de otros autores. Como todas las narraciones están alojadas juntas, en el mismo post, puede ser una buena alternativa para que los profesores trabajen con ella de cara a sus clases.

Avisados estáis.

:–)

4 microrrelatos escogidos

Microficción de Hugo López Araiza Bravo: Sombrero de doble copa

El mago metió la mano en el sombrero para realizar su acto final. Pero no logró sacarla. Una fuerza descomunal tiró de él hasta succionarlo por completo. Del otro lado, un público de conejos aplaudió su aparición.

Minirrelato de Jairo Aníbal Niño: Fundación y forja

Todo se imaginó Superman, menos que caería derrotado en aquella playa caliente y que su cuerpo fundido serviría después para hacer tres docenas de tornillos de acero, de regular calidad.

Historia corta de Carlos Castán: Todo tan secreto

En todos los entierros hay un desconocido, alguien de aire grave en quien nadie se fija demasiado, que no es de la familia y permanece todo el tiempo con las manos atrás. Siempre me había preguntado por estos seres, de dónde salían, cuál sería su vida. En los viejos álbumes de fotos de la casa de Ágata los encontré a todos retratados, uno por uno, adheridos a aquellas páginas negras. Muchas veces iba a verla. Yo era joven, ella no. Y además estaba enferma, pero su pelo olía siempre a pétalos morados y la casa entera tenía el perfume de los libros salvados de un incendio. Todo ese verano fue mi oasis de sombra. Nos acostábamos en una alcoba oscura y luego ella preparaba café. Me gustaba ir allí, era todo tan secreto… Por las ventanas, a través de una maraña de ramas muertas, podía divisarse toda una posguerra detenida. Apenas hablaba, Ágata. Me enseñaba tesoros que escondía en los cajones de sus mil armarios: óleos diminutos, soldados de oro, azucareros chinos, pero sobre todo aquellas fotografías de desconocidos. 

Era todo tan secreto que cuando murió nadie pudo decirme nada, y una tarde en que fui a verla a principios del otoño me encontré en el patio de la casa con una mesita de faldas negras llena de condolencias y tarjetas de visita con una esquina doblada. Me esforcé en sentir dolor, pero la sorpresa y el deseo reventado como un globo pesaban de momento mucho más. 

Tras dudar un poco, decidí subir al velatorio. Quise ser el desconocido de turno en ese entierro, quizá porque estuve seguro de repente que, de ese modo, por un extraño mecanismo que nunca perseguí entender, mi imagen pasaría a formar parte de aquellos álbumes oscuros en la estantería de la sala, como una mariposa muerta. Y mi alma entonces, o algo parecido, se quedaría a descansar para siempre cerca de la alcoba, en aquella penumbra fresca con olor a agua de rosas. 

A veces notaba cómo alguno de los familiares de Ágata me miraba de reojo, pero nadie se decidió a hacerme preguntas, de manera que toda la tarde pude permanecer allí, como un centinela que guarda los restos de un general acribillado, con aire grave, los ojos llorosos, las manos atrás.

Relato ultrabreve de Ramón Gómez de la Serna: El desterrado

¿A qué le podían condenar después de todo? A destierro. Valiente cosa. Cumpliría la pena alegremente en un país extranjero en que viviría una nueva vida y recordaría con un largo placer su ciudad y su vida pasada.

En efecto, la sentencia fue el destierro. ¡Pero qué destierro! El tribunal, amigo de aquel hombre autoritario y de inmenso poder a quien él había insultado, queriendo venderle el favor, y ya que no podía sentenciarle a muerte, le desterró a más kilómetros que los que tiene el mundo recorrido en redondo, aunque se encoja, para alargar más la medida, el diámetro que pasa por las más altas montañas. ¿Qué quería hacer con él el tribunal, sentenciándole a un destierro que no podía cumplir?

¡Ah! El tribunal, para agasajar al poderoso ofendido, había encontrado la fórmula de castigarle a muerte por un delito que no podía merecer esa pena de ningún modo. Había encontrado la manera de ahorcar a aquel hombre, porque no habiendo extensión bastante a lo largo de este mundo para que cumpliese el sentenciado su destierro, habría que enviarle al otro para que ganase distancia.

Y le ahorcaron.

Cuento corto de Julio Torri: El vagabundo

En pequeño circo de cortas pretensiones trabajaba, no ha mucho, un acróbata, modesto y tímido como muchas personas de mérito. Al final de una función dominguera en algún villorrio, llegó a nuestro hombre la hora de ejecutar su suerte favorita con la que contaba para propiciarse al público de lugareños y asegurar así el buen éxito pecuniario de aquella temporada. Además de sus habilidades —nada notables que digamos— poseía resistencia poco común para la incomodidad y la miseria. Con todo, temía en esos momentos que recomenzaran las molestias de siempre: las disputas con el posadero, el secuestro de su ropilla, la intemperie y de nuevo la dolorosa y triste peregrinación.

El acto que iba a realizar consistía en meterse en un saco, cuya boca ataban fuertemente los más desconfiados espectadores. Al cabo de unos minutos el saco quedaba vacío.

A su invitación, montaron al tablado dos fuertes mocetones provistos de ásperas cuerdas. Introdújose él dentro del saco y pronto sintió sobre su cabeza el tirar y apretar de los lazos. En la oscuridad en que se hallaba le asaltó el vivo deseo de escapar realmente de las incomodidades de su vida trashumante. En tan extraña disposición de espíritu cerró los ojos y se dispuso a desaparecer.

Momentos después se comprobó —sin sorpresa para nadie— que el saco estaba vacío y las ligaduras permanecían intactas. Lo que sí produjo cierto estupor fue que el funámbulo no reapareció durante la función. Tras un rato de espera inútil los asistentes comprendieron que el espectáculo había terminado y regresaron a sus casas.

Mas a nuestro cirquero tampoco volvió a vérsele por el pueblo. Y lo curioso del caso era que nadie había reclamado en la posada su maletín.

Pasados algunos días se olvidó el suceso completamente. ¡Quién se iba a preocupar por un vagabundo!

Imagen destacada: Pixabay

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